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El juguete infinito

Una fábula de navidad 

Publicado por Javier Asensio Romero el 16 de diciembre de 2014

Se acercaba la Navidad, y la niña decidió pasear por entre las estanterías, las altas y excitantes estanterías de la tienda de juguetes, con el fin de ir pensando en su regalo. Los quería todos. Los colores de las cajas se diseñaron para hipnotizarla, ayudados por las miradas de los muñecos y los dibujos simpáticos de aquellos juguetes con esa misión que tenían de enamorarla, de convencerla para ser los escogidos.

Tuvo entre sus manos a una Barbie preciosa con cuatro o cinco vestidos; puzzles de Los Simpsons que representaban caricaturas divertidísimas; un gorila de peluche que pronunciaba con una cierta voz metálica palabras demandantes de cariño con solamente apretar su mano; un juego de mesa para partirte de risa con los amigos; un minipiano; un teléfono móvil para comunicarse por vía directa con Bob Esponja; un perro-robot de los que se hacen caca; el Trivial, con sus 2000 preguntas sobre Harry Potter...

La niña, con sus ocho años recién cumplidos, sentía que el mundo entero se encontraba recluido y repartido por esos laberintos multicolores. Anduvo y recorrió cuatro o cinco veces los pasillos. Los anhelaba y deseaba abrazada por ese espíritu tan de escaparate de pastelería en el que surge la indecisión a la hora de elegir uno. Y entonces, allá en un rincón, medio escondido y sin estridencias, se fijó en él.

En blanco y negro, lo había visto otros años también, tal vez el mismo. Lo recordaba en todas las jugueterías hasta entonces visitadas sin faltar jamás, en muchas tiendas no dedicadas precisamente al mundo del ocio, y también lo había visto en parques, en cafeterías, en las casas de sus amigos; se hablaba de él en sitios tan diferentes que parecía encajar en cualquier parte. ¿Qué era eso? ¿Por qué en blanco y negro y no de colorines?

Se había dado cuenta alguna vez de que niños pequeños jugaban entusiasmados con él, no obstante lo cual había descubierto que abuelitos de noventa años también vivían absortos con el océano de misterio que envuelve su presencia. Los había contemplado a ambos compartiendo su emoción, su pasión, como si la edad no tuviera nada que ver con el asunto.

Un señor que pasaba por allí se fijó en la niña y en cómo observaba, intrigada, el extraño juguete. Y le dijo:

"Es un juguete especial y mágico, y por eso no quiere llamar la atención, pues ya sabes que toda la magia buena es humilde y gusta de mezclarse con lo mortal. Niños y mayores de todos los lugares del mundo, de todas las edades, juegan a este juego desde hace más de 500 años y nunca se han repetido dos partidas iguales". Te lo aseguro. Trata de dos reinos poderosos pero semejantes en fuerza que se enfrentan en un campo de batalla de 64 casillas, infinito durante la contienda. Las piezas se mueven con sus reglas, se respetan los adversarios y nadie puede cambiarlas, pero combinadas todas ellas dan como resultado extraordinarias y nuevas formas de ataque y de defensa en cada batalla, incontables propuestas, misteriosos acertijos y estrategias, tácticas y problemas. El más poderoso, el Rey, por quien todos luchan pues su muerte es el final, nos parece débil en verdad pero puede recuperar su dignidad durante la agonía cuando se queda solo, como en la vida. Y el más humilde, el peón, puede, con tesón y paciencia, transformarse por arte de magia en la pieza más poderosa, como aquel patito feo que se convirtió en cisne. Hay torres con un potencial inmenso que no puedes aprovechar al comienzo, pues esperan arrinconadas su momento de gloria, y por ello debes antes buscarles espacio con la ayuda de sus compañeros, y hacer así de ellas un arma peligrosísima. Galopamos sobre caballos que se mueven graciosamente, despistando al rival con una "L" saltarina. Y los alfiles, que en diagonal pueden abarcar desde el comienzo todo el horizonte de la contienda, apuntando desde lejos al enemigo con ínfulas de certera ballesta.

Hoy en día, querida niña, puedes jugar a este juego con tus amigos y con tus padres, pero también con gentes de los cinco continentes, porque gracias a Internet compartirás su magia con enamorados de este arte, que los hay en todas partes y, con la emoción del tiempo en partidas rápidas, intentar ganar las batallas usando tu imaginación, tu creatividad, tus reflejos, tu sangre fría, tu coraje y tu valentía, porque todas estas cosas son las que mueven las piezas. Y recuerda que no hay dos partidas iguales.

La niña entendió que era el único juego de verdad infinito de todos los que había en la tienda de juguetes. Tomó buena nota de su nombre, se lo pidió a los Reyes Magos y consiguió con ello placer y diversión para el resto de su vida.

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